Es un día normal. Gris y lluvioso. Normal. Siempre me gusta pasar por el colegio de mi barrio antes de ir al trabajo. Me gusta porque puedo ver a las madres. Es lo único bueno del colegio: las madres. Están en ese momento de la vida en que no han perdido la esperanza pero si han perdido parte de la energía. Tienen una reserva de pasión esperando el detonante. Esa es mi oportunidad. Con los años me he vuelto un depredador.
En fin, allí estaba yo en mi ronda diaria cuando escuché la conversación entre dos madres. -Fíjate, el otro día mi hijo llegó a la fila y comenzó a zumbarse con sus mejores amigos a modo de saludo. - Ya podíamos hacer los adultos lo mismo en el trabajo, le contestó la otra. - Fichar y tener unos cinco minutos para darnos de hostias, empujones, correr por la oficina y gritar. Sería una buena herramienta para la mejora del clima laboral. Los jefes deberían tener un cuarto de hora.
No es buena idea limpiarse el culo antes de cagar. De todos modos, me fui a la oficina con una idea fija en la mente. Después de haber estado viviendo durante diez años era difícil asumir tener que trabajar para nada. Si, ahora era un profesional de éxito pero no estaba viviendo la vida que yo quería. Eché la vista hacia atrás y me dí cuenta: lo mío es otra forma de vivir.
Es otra forma de vivir. Hay gente a la que le gusta pasar por aquí sin hacer ruido. A mi me gusta pelear. Cuanto peor son las cosas mejor me siento. Saco la fuerza que hay en mí y peleo. Recibo un golpe y reacciono. No les gusta oír la verdad cuando yo la digo. Había reunión a última hora de la mañana. Uno de los jefes se ha puesto a gritar. Estaban todos acojonados. Nadie decía nada. Veía en la cara de los compañeros las hipotecas, los préstamos, los colegios de los niños y el sueldo mensual. Allí estaba él. Era un dios en miniatura. Ese era su cosmos. Su universo de agujeros negros. Delante tenía a unos seres inanimados que obedecían sus órdenes. No podían alcanzarle. Lanzaba truenos y centellas y nadie se atrevía a moverse por si les pillaba alguno. No soporto la desigualdad. No me gustan las religiones. No creo en dioses. Ni grandes ni pequeños. Sólo creo en el hombre (bueno creo mucho más en las mujeres). Siempre reacciono. Mientras echaba su discurso me acerqué por detrás. Conté hasta tres y le di un tirón fuerte bajándole los pantalones. Fue el ocaso de un dios. Hubo una implosión universal. No hubo big-bang. Allí se quedaron todos sin decir nada. Ni aplausos, ni risas, ni carcajadas. Nunca me ha gustado trabajar entre cobardes. Al cabo de un rato cobré mi cheque y me despedí. Allí se quedaron con sus hipotecas, sus préstamos, los colegios de los niños y su sueldo mensual. Recibo un golpe y reacciono. He tomado una decisión. Inicio el viaje de vuelta. Es otra forma de vivir.
Yo me debi estar ahi para ser el unico en reirse, tengo una risa sansacionalista, contagiosa, PD: Las fotos de Neptunia son ESTUPENDAS, pero creo que no eres bueno con los encabezados.
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