jueves, 15 de abril de 2010

COMPRANDO BILLETE

Es un día normal. Gris y lluvioso. Normal. Siempre me gusta pasar por el colegio de mi barrio antes de ir al trabajo. Me gusta porque puedo ver a las madres. Es lo único bueno del colegio: las madres. Están en ese momento de la vida en que no han perdido la esperanza pero si han perdido parte de la energía. Tienen una reserva de pasión esperando el detonante. Esa es mi oportunidad. Con los años me he vuelto un depredador.


En fin, allí estaba yo en mi ronda diaria cuando escuché la conversación entre dos madres. -Fíjate, el otro día mi hijo llegó a la fila y comenzó a zumbarse con sus mejores amigos a modo de saludo. - Ya podíamos hacer los adultos lo mismo en el trabajo, le contestó la otra. - Fichar y tener unos cinco minutos para darnos de hostias, empujones, correr por la oficina y gritar. Sería una buena herramienta para la mejora del clima laboral. Los jefes deberían tener un cuarto de hora.


No es buena idea limpiarse el culo antes de cagar. De todos modos, me fui a la oficina con una idea fija en la mente. Después de haber estado viviendo durante diez años era difícil asumir tener que trabajar para nada. Si, ahora era un profesional de éxito pero no estaba viviendo la vida que yo quería. Eché la vista hacia atrás y me dí cuenta: lo mío es otra forma de vivir.


Es otra forma de vivir. Hay gente a la que le gusta pasar por aquí sin hacer ruido. A mi me gusta pelear. Cuanto peor son las cosas mejor me siento. Saco la fuerza que hay en mí y peleo. Recibo un golpe y reacciono. No les gusta oír la verdad cuando yo la digo. Había reunión a última hora de la mañana. Uno de los jefes se ha puesto a gritar. Estaban todos acojonados. Nadie decía nada. Veía en la cara de los compañeros las hipotecas, los préstamos, los colegios de los niños y el sueldo mensual. Allí estaba él. Era un dios en miniatura. Ese era su cosmos. Su universo de agujeros negros. Delante tenía a unos seres inanimados que obedecían sus órdenes. No podían alcanzarle. Lanzaba truenos y centellas y nadie se atrevía a moverse por si les pillaba alguno. No soporto la desigualdad. No me gustan las religiones. No creo en dioses. Ni grandes ni pequeños. Sólo creo en el hombre (bueno creo mucho más en las mujeres). Siempre reacciono. Mientras echaba su discurso me acerqué por detrás. Conté hasta tres y le di un tirón fuerte bajándole los pantalones. Fue el ocaso de un dios. Hubo una implosión universal. No hubo big-bang. Allí se quedaron todos sin decir nada. Ni aplausos, ni risas, ni carcajadas. Nunca me ha gustado trabajar entre cobardes. Al cabo de un rato cobré mi cheque y me despedí. Allí se quedaron con sus hipotecas, sus préstamos, los colegios de los niños y su sueldo mensual. Recibo un golpe y reacciono. He tomado una decisión. Inicio el viaje de vuelta. Es otra forma de vivir.

lunes, 5 de abril de 2010

SALE EL TREN

Mi nombre es Juan Bueno García. Algunos me conocen como Juan “El Bueno”. Me gusta porque me recuerda a una canción de Radio Futura (“aquí viene Juan el Bueno / con una idea fija en la mente...”). Así soy yo. Tengo una idea fija en la mente: La vida es un viaje de ida y vuelta y lo que mueve la locomotora son las mujeres.


Esta es la historia. Cuando tenía dieciocho años me fui de casa. Mis padres me habían enseñado a leer. Nunca se lo perdonaré. Es lo único que me dieron. Comencé a trabajar en trabajos no bien remunerados y que no me aportaban nada. Al mismo tiempo inicié mis estudios universitarios. Al cabo de diez años terminé siendo un buen ingeniero informático. Tenía veintiocho años y las empresas se peleaban por mí. Ahora mi trayectoria profesional me llevó a ser uno de los mejores programadores del país. Mi vida dio un giro hacia el lujo, el estrés y las relaciones sociales superficiales. Cansado de todo, un día, abandoné a mi mujer y a mi trabajo. Era lo único que tenía. Cogí mi mochila y me fui a una ciudad del sur de España a vivir con poco. Así estuve diez años. Viviendo. Viviendo intensamente. Por la mañanas me levantaba con mi idea fija. Me levantaba contento. Diez años. Una década. Un octavo de la esperanza de vida media de una persona en Europa. Pero me levanté un día muy cansado. Me cansé de pelear. De pelear a la contra. Volví a Madrid y ahora soy Jefe de Proyectos en una multinacional del sector informático. Además, tengo bastante vida social. La mezcla de científico, tecnólogo y escritor es algo que viste mucho en las fiestas. Si, escribí un libro en donde recogía todo lo que he vivido. Se publicó y tuvo éxito. Mi editora argentina , de la que estoy enamorado, me llevó de gira por Latinoamérica. De fiesta en fiesta, de tertulia en tertulia y de mujer en mujer, sigo viajando. Ahora quiero agarrarme al tren de nuevo. A lo mejor lo dejo todo y me vuelvo a mi vida.


En fin, esta es la historia. Ya puedes dejar de leer. No hay más. Lo que voy a contar a partir de ahora son los detalles. Si no te gusta mi estilo no me importa. Todo lo escribo en servilletas cuando estoy muy borracho. Es para que no se me olvide. Son servilletas y me suelo emborrachar con frecuencia. Bueno, son trozos de mi vida. Esto es un diario de bitácora. Lo utilizo para no cometer los mismos errores. Lo malo es que no lo llevo encima y suelo tropezar dos veces con la misma piedra (y hasta tres).


La vida es un viaje de ida y vuelta. Tiene sus estaciones. Pasamos por todas. Llega un momento en el que decidimos retornar. Al pasar por las estaciones nos vienen los recuerdos, nos encontramos con viajeros para los que esa ciudad es nueva y piensan que están descubriendo terreno virgen. Notamos que se han hecho algunos cambios. En esencia es la misma estación.


Mi viaje se parece al de muchos otros. En realidad el trayecto es distinto pero siempre se pasa por las mismas estaciones. Cuando lo leas creeras que ya lo has visto en otra parte. Es un viaje de ida y vuelta. Todos vamos y al final todos volvemos.


Salud!